A un jardín en septiembre se le nota agosto. Es el mes en que más espacios verdes se pierden en Madrid, y casi nunca por el frío que viene: se pierden por lo que agosto gastó y nadie repuso.
Después de dos meses de calor extremo, la planta llega a otoño agotada, con el sustrato compactado y las raíces habituadas a un riego que de pronto sobra. Lo que se haga en las cuatro primeras semanas de septiembre decide cómo llega el espacio a la primavera siguiente.
Lo primero: bajar el riego, pero no de golpe
El error clásico es seguir regando como en agosto hasta noviembre, o cortarla de una vez en cuanto refresca. Las dos cosas hacen daño.
Con el riego de verano en octubre, la raíz vive encharcada justo cuando baja lo que se evapora, y ahí es donde aparecen los hongos de suelo. Cortando de golpe, la planta que llevaba tres meses recibiendo agua a diario entra en estrés hídrico con las reservas ya vacías.
Lo que hacemos es reducir por tramos: primero la frecuencia, manteniendo la cantidad por riego, y solo después la duración. La raíz tiene tiempo de volver a buscar agua en profundidad.
El jardín en septiembre es para plantar
Mucha gente planta en primavera porque es cuando apetece. En Madrid, el otoño es mejor momento.
Una planta puesta en septiembre tiene seis o siete meses de temperaturas suaves para enraizar antes del primer verano. La misma planta puesta en abril llega a julio con un cepellón que apenas ha salido del hoyo. Es la diferencia entre una planta que aguanta y otra que hay que reponer. No se siembra siempre: se siembra en septiembre.
El sustrato de las jardineras
Tras un verano de riegos diarios, la tierra de una jardinera está apelmazada: el agua corre por los bordes en vez de calar. Aflojar los primeros centímetros y reponer sustrato es de las intervenciones más baratas y de mayor efecto que existen.
Si la jardinera tiene más de tres o cuatro años, no basta con añadir por encima: toca renovar volumen. Lo explicamos en por qué se secan las jardineras de un acceso.
Qué no hacer en un jardín en septiembre
No podar en fuerte. Una poda severa ahora hace brotar tierno, y ese brote llega sin endurecer a los primeros fríos. La poda de formación es de invierno.
No abonar con nitrógeno. Empuja crecimiento blando en el peor momento. Si hay que abonar, que sea equilibrado o con potasio, que ayuda a endurecer tejidos.
Y el césped
Es su mes. Escarificar, airear y resembrar las zonas ralas en septiembre da resultados que en primavera no se consiguen: la semilla germina con suelo aún templado y sin la competencia de las malas hierbas de marzo. La semilla es sencilla: pide poco y lo pide a tiempo.
Si el espacio viene muy tocado del verano, así lo planteamos: poner en marcha un jardín desde cero.
Si tienes un espacio que llega tocado de este verano, cuéntanos qué está pasando. En septiembre casi todo se recupera; en diciembre, bastante menos. Del suelo que se cuida ahora sale el jardín de mayo.
